domingo 21 de marzo de 2010

Con título de socia

Si bien Susana, se abrió a mi en el sentido psicológico, desconocía lo talentosa que era tanto en el plano profesional como en el sexual. Era mi abogada de cabecera y la que mejor ideas me brindaba en el sentido de "fantasías inocentes".
Si bien ella pensaba que mis clientes eran pretendientes que me duraban poco por mi abnegación laboral, me inspiraba con aquellos que además de querer echar un polvo discreto pre o pos reunión matutina o vespertina (que el horario era a convenir) querían un toque oriental o juguetón en los encuentros.
Susana me enseñó a hacer "kimonos" esos trajes que engalanaban a las geishas, lo usaba para lo que ella bautizó el "Diez por diez": diez posiciones sexuales cada una de diez minutos sin quitarme el kimono. Estas piezas únicas las hacía con agujeros por delante y por detrás, para que el mismo flotara mientras el cliente me embestía. Era magnífica la imagen que devolvían los espejos de mi cara transparente con mi gran peluca azabache y mis ojos maquillados a la par del gozo demencial simplificado en los gemidos varoniles que me brindaba el acompañante de turno cada vez que me introducía los dedos por aquellos agujeros.
Cuando cumplí mi primer mes como ejecutiva independiente, Susana me regaló un libro de yoga, ella despejó de mi mente las ideas del kamasutra, desdeñando esas posiciones arriesgadas no aptas para hombres mayores de 55; en cambio me enseñó a masajear el pene con mis índices ejerciendo tal presión que descartaba el uso de píldoras para incrementar el flujo sanguíneo hacia los órganos sexuales de aquellos que pensaban que sin pastillas era imposible sostener un encuentro orgásmico.
De hecho comencé a ganar más y a tener un mayor número de clientes, todos mayores de cincuenta. Con esas tácticas, con algo de consuelo y cariño le devolvía la hombría traducida en autoestima a los caballeros que rezaban a la ciencia por una solución a sus dilemas.
Fue allí cuando le propuse a Susana ser mi socia.


Qué si aceptó? Esa noche invitamos a C. a mi apartamento y celebramos al son de música demencial con cava y fresas engarzadas en nuestras curiosas lenguas.

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